Resiliencia y otras patrañas de los libros de autoayuda

Nunca me han gustado los libros de autoayuda. Aplanan la vida, borran sus aristas, simplifican los conflictos y convierten la complejidad de nuestras emociones en un plato precocinado, listo para consumir, aunque deje un regusto amargo a autocomplacencia.


Los problemas no se desvanecen con afirmaciones positivas frente al espejo. No son espectros intangibles que puedas atravesar ni monstruos que desaparecen al dar un rodeo.


A los problemas hay que plantarles cara, aunque dé miedo. Incluso cuando no tienen solución, sino solo consecuencias. Aun cuando el sufrimiento no sirva para nada y sea únicamente una ruina: tu ruina.


Se trata de asumir los golpes de la vida, no de darles un nombre bonito para que encajen en una narrativa personal construida sobre el autoengaño.


No insistas, no eres especial, por más que adornes las dificultades del camino con metáforas de rima fácil o hashtags motivacionales.


Perdona que te lo diga, pero no vives rodeado de personas tóxicas ni de narcisistas perversos causantes de todos tus males. Así que deja de mirarte el ombligo y piensa en tu responsabilidad, aunque cueste asumirla.


“Fluir” cada vez que algo te incomoda y eliminar de tu vida a quien no “vibra en tu frecuencia” no te hace libre, y mucho menos una buena persona. Si quieres alcanzar tu mejor versión, apuesta por valores más sólidos, como el compromiso, el respeto y el esfuerzo. Sí, esfuerzo. Porque cuesta.


Tener amor propio no es ponerse mascarillas faciales, darse baños relajantes o hacerse fotos en un acantilado. Y mucho menos despreciar a los otros. Esto va de afrontar la incomodidad de conocerse y aceptarse de verdad.


No hagas caso, no puedes vivir siempre el presente. Desatender tus responsabilidades y olvidar lo que te haya enseñado el pasado no es un buen consejo.


Que dos amigas se apoyen en momentos complicados no las convierte en mujeres sororas. Tampoco lo hace acudir a foros feministas o gritar proclamas en manifestaciones. Que sí, que todas somos guapas, listas y muy feministas. Pero sororas solo son aquellas capaces de sumergirse en lo más profundo de la hermandad entre mujeres; las que están dispuestas a implicarse cuando la sororidad exige tomar decisiones, poner sobre la mesa hechos, no solo palabras.


Puede que hayas logrado mantener el equilibrio después de tropezar con una piedra, pero ¿acaso no hacemos eso todos? Entonces, ¿por qué te autoproclamas símbolo de la resiliencia? Quizá superaste un divorcio, la pérdida de un ser querido, te encontraste de frente con la enfermedad o probaste el sabor a hiel de la decepción, y seguiste adelante. Pero, piensa un momento: ¿qué has hecho tú por la humanidad para colgarte esa medalla?


Resiliente fue Mandela, que estuvo encarcelado durante 27 años, aislado, sometido a trabajos forzados y en condiciones extremas. Aun así, no se limitó a sobrevivir: convirtió su sufrimiento personal en una fuerza transformadora, cambiando la historia de su país y del mundo, dejando un legado imborrable de dignidad, compromiso y esperanza.


Resiliente es Malala Yousafzai, que con 15 años recibió un disparo en la cabeza por defender públicamente el derecho de las niñas a estudiar bajo el régimen talibán. Tras el ataque, desafió a sus agresores con valentía e instó al mundo entero a tomar partido y actuar.


Ser resiliente es algo más profundo que recuperarse de una adversidad y seguir viviendo. Siento ser tan cruda, pero tu resistencia cotidiana no es heroica; es simplemente ordinaria.


Al final, por mucho que celebremos haber dejado atrás los días de perros, como canta Florence and the Machine, la mayoría de nosotros somos simplemente personas comunes afrontando problemas comunes. Y está bien. No todo tiene que ser heroico ni épico; a veces basta con seguir adelante, sin más.

Resiliencia y otras patrañas de los libros de autoayuda

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