Corren malos tiempos. Hay cientos de miles de ciudadanos que no saben que el trabajo que tienen en una fábrica de automoción, en una refinería de petróleo, en un hotel, o en una embotelladora de aceite de oliva, se va a suprimir. Estos cientos de miles de ciudadanos pueden vivir en Nebraska, en Andalucía, en Toronto o en Baviera. Lo único que les une es que, de repente, irán al paro, porque la subida general de aranceles, y el destrozo al libre comercio, reducirá las exportaciones y disminuirá los puestos de trabajo.
Por si fuera poco, se avecina una inflación mundial fuerte y rápida, porque si todo va a costar entre un 10 y un 25% por ciento más caro, lo tendremos que poner los consumidores, los que compramos, no creo que haya millonarios, ni accionistas de empresas, que decidan arruinarse.
Como soy muy de tascas y tabernas, tengo larga experiencia en la observación del fanfarrón de la barra o de la mesa. Habla fuerte, como si desconfiara en lo más íntimo de sus propuestas, y tiene soluciones simples para todos y cada uno de los complejos problemas que nos acucian, le da lo mismo el cambio climático, la educación, el tráfico aéreo, la inteligencia artificial o el cáncer. Sus ideas son sencillas, tan sencillas, que las podría comprender un niño y –en la mayoría de las ocasiones– van acompañadas de un razonamiento que no tiene nada de niño, y no atiende a lo racional, sino a lo testicular: “Con un par de cojones”, argumenta finalmente el fanfarrón de la taberna, tras diagnosticar que acabaría con los atascos, prohibiendo que los automóviles con números pares en las matrículas circularan los días pares, y la misma prohibición para las matrículas impares. Naturalmente, nadie le lleva la contraria, ni arguye que los fines de semana se reducirán a un día o se alargarán a tres, porque los de dos días se tendrán que desplazar en tren.
No obstante, a mí el fanfarrón de la taberna me hace gracia, y observo con curiosidad esa aparente firmeza, esa asunción de saber lo que el mundo necesita. Pero esa tolerancia se torna miedo y preocupación, cuando –como es el caso– el fanfarrón de la taberna ha sido elegido presidente de Estados Unidos, y ha añadido a su pandilla otro grupo de fanfarrones. Y todavía me extraña más que políticos que presumen de patriotismo, le bailen el agua, a pesar de que el fanfarrón de la taberna va camino de destrozar varias patrias, incluida la suya. Pero él no tiene otra patria que su fanfarrona soberbia.