Recordamos a Michal Nesterowicz en una buena “Quinta Sinfonía” de Tchaikovsky el pasado mes de mayo, entre otras obras. Ahora, con un repertorio bien engarzado, volvió a mostrar sus maneras al frente de la OSG.
La composición “Cap de Quers”, de David del Puerto, inauguró el concierto. Esta breve pieza musical tiene la capacidad de evocar paisajes lejanos, meridionales y recuerda, probablemente, por cierto grado de inspiración sobrevenida, el Concierto de Volos y su intenso perfume con contrastes de luz y adelfas mediterráneas. Obra breve y lúcida que el público valoró gratamente, también quizá por durar seis minutos. Compositor interesante David del Puerto que maneja muy bien la paleta tímbrica orquestal.
El “Concierto para violoncello en La m Op. 129” de Robert Schumann interpretado por David Ethève fue, con seguridad, lo mejor de toda la velada. Ethève nos mostró la inteligencia emocional que le caracteriza en escena, consiguiendo a través de ella exponer de forma adecuada toda la gama de colores que tiene su arco. Una de los ejes en los que se basa su técnica es su gran sonido, controlado, redondo, de gran nobleza. A partir de él construyó un completo templo interpretativo enfocando los detalles de esta partitura con gran tacto y expresividad. Sólo con los primeros treinta compases, hasta el tutti –en los que Schumann muestra su temática inicial–, hubiera sido suficiente para hacer una valoración positiva: Ethève los expuso con un sentido claro en su ejecución, incluyendo también la dificultad de los grupos ascendentes irregulares de la segunda frase y los justo anteriores a la cadencia previa al tutti referido, especialmente duros por estar escritos justo al principio de la intervención del solista y sin tiempo material para hacerse con la escena. David los bordó. Entre lo mejor de su actuación, por subrayar algo, el pasaje en dobles cuerdas –sextas– del “Langsam”, donde la profundidad y delicadeza de David hicieron llorar a “Le Communard 1871”.
En la segunda parte del programa el “Agnus Dei” de Krzysztof Penderecki y las “Canciones eternas Op. 10” de Mieczyslaw Karlowicz, éstas, ciertamente, de dudosa calidad compositiva.